
Lo vi frenando con el carro a un costado de la calle, debajo de las miles de gotas que aquel mediodía ofrecía a los melancólicos. El frío del agua que cumplía su ciclo lo hizo moverse bruscamente cuando soltó los dos fierros, con los que cargaba su dignidad para pasearla por toda la ciudad. Interrumpió su marcha y se paró a un costado del carro para acomodar un cartón sobresaliente a punto de caerse, pasarse el antebrazo por la frente caliente y seguir pateando.
Cuando llueve de esa manera los taxis y remises no dan a basto de tanto trabajo, el transporte público colapsa y los medios opositores se disponen a contar todas las cuadras inundadas, derrumbes y otros errores de la gestión. Yo observaba al cartonero luchando contra el cansancio y el frío mientras esperaba el 46 , y en cualquier momento iba a ser uno de tantos apretados en el bondi para volver a casa. Mirándolo moverse en el agua noté que le faltaba un impermeable. No conocía su recorrido, no sabía si su suerte era tirar sólo diez cuadras más para llegar al laburo, a un refugio. Observándolo a él me vi a mí mismo debajo del paraguas esperando en la parada. Esperaba que él llegue hasta la esquina y poder verlo de cerca, quería sentir su presencia más fuerte que a ochenta metros de distancia, esperaba un cruce de miradas...
El fragmento de segundo pasó y con el nuevo bagaje de ideas volví al cuadro inicial, a la imagen del tipo tironeando del carro en medio de la lluvia. Atrás suyo se asomaron unas confusas letras mayúscula.
Era el 46 que venía haciendo su propio recorrido y que al rato me estaría llevando a mi casa.
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