
Estoy viendo la entrega de los premios Clarín y acaban de premiar a Charly García por su trayectoria, en una especie de reconocimiento que habla mucho de las condiciones que irremediablemente hay que cumplir para ser reconocido en el ambiente mediático.
Con el tipo que lo ayudó a rehabilitarse al lado, el principal ícono del rock nacional volvió a romper con la previsibilidad parándose frente al micrófono y hablando escasos segundos, descartando toda posibilidad de efectuar ese prolongado y emotivo discurso que conmueva a la audiencia de la transmisión y a todos los espectadores inmediatos.
Charly mejor que nadie sabe que el galardón se trata de eso, de que no hay otro remedio que fundirse en la grasa de las capitales para que alguien te extienda una mano, te sonría o simplemente no te señale con el dedo índice.
Y es que la imagen y la conducta es lo primero y lo único que los medios van a presentar a la masa como los atributos que hacen de una persona alguien respetable.
Este Charly, el que ya no tiene "problemas de conducta", como expresaba la voz en off de la presentación de su premio, es el artista que en estos días nuestra sociedad está dispuesta a reconocer.
Habría que aclararle a los confusos que el otro Charly, el que hacía con su vida lo que quería -como estyo seguro que debe ser-, además de ser el mismo que ahora se ve parado sobre el escenario, no es más que el fundamento mismo de ese premio, el músico que dijo lo que tenía que decir cuando lo tenía que hacer.
Y si la cuestión se trata del compromiso humano con el que Charly expresó su música ¿a quién le incumbe lo que el tipo hacía con su propia vida?
El problema es que estamos llenos de prejuicios, invadidos por panqueques que se llenan la boca opinando en base a contenidos superfluos, esos mismos contenidos que recibimos cómodamente desde los medios y las industrias culturales sin arriesgarnos a contradecirlos.
